Hace un año, Ucrania no mostraba señales fuertes de que fuese una zona al borde de la cesión o fragmentación y en el ámbito internacional no era percibida en el ámbito internacional como un país de conflicto étnico latente de alto grado. Sin embargo, hoy este país en la frontera con Europa ha sido desestabilizado casi al punto de una guerra civil, la economía ucraniana ha colapsado, Rusia ha sido expulsada del G-8, un avión de civiles ha sido derribado dentro del espacio aéreo europeo y miles de personas han perdido la vida. En breve tiempo, la confrontación generada es muy tensa y extremadamente delicada en el “área más desarrollada” del mundo.
En términos geopolíticos, en el período post Guerra Fría, Ucrania ha sido un actor europeo sólido por tener una posición estratégica entre Europa y Asia Central (la parte eslava, rusa) y ser decisivo enlace energético dado que los ductos que atraviesan su territorio son muy importantes para el suministro del gas y del petróleo ruso a Europa. Asimismo, fue durante muchas décadas de la Guerra Fría como parte de la ex URSS, fue un importante punto para el área de influencia soviética en Europa del Este. Su pérdida durante la desintegración del bloque soviético sigue generando sentimiento de decepción en determinados grupos rusos.
De hecho, esta importancia estratégica para la geopolítica rusa, ha condicionado en gran parte la evolución o profundización de la crisis ucraniana. Si bien al comienzo de las manifestaciones pro-europeas, en las que una parte considerable de la población pedían la destitución del Presidente Yanukovich y abogaban por un acercamiento con la Unión Europea, en general no se hablaba de un Estado dividido o en vías de secesión. Sin embargo, la política con tendencia pro-europea del nuevo gobierno ucraniano no eran compatibles con los planes de Rusia para desarrollar una Unión Euroasiática en la que Ucrania se vislumbraba como una pieza esencial en la expansión de la nueva área de influencia rusa en territorio europeo.
Por ello, cuando Ucrania comenzó a intentar alejarse de la esfera rusa, se activó la política de desestabilización por parte de Rusia hasta estimular el desmembramiento del territorio ucraniano. Como parte de esta estrategia de desestabilización, los rusos prometieron facilidades económicas y políticas y movilizaron sus fuerzas en la frontera para que Crimea, una región con presencia importante de minorías rusas, con el objetivo de provocar su incorporación a la Federación Rusa.
El desarrollo de los acontecimientos que conducirían a la anexión de Crimea y a los posteriores intentos de separación de las provincias del Este del país, también se vio favorecida por la aplicación tardía de mecanismos de contrapeso por parte de la Unión Europea y de los Estados Unidos para asegurar que Estados periféricos como Ucrania, que eran aún susceptibles a la influencia rusa, no fueran tan vulnerables ante el expansionismo de Moscú.
En ocasiones, las democracias occidentales olvidan que los gobiernos que presentan tendencia o rasgos autoritarios no necesariamente tienen el mismo respeto hacia las normas y el derecho internacional. Países como Rusia y China son más propensos a subordinar la esfera legal internacional a la visión de interés nacional o de Estado.
De igual forma, al estar enfocados en fuertes y complejos problemas intra-regionales relacionados con la crisis económica-financiera y las transiciones políticas dentro de sus fronteras, los países occidentales subestimaron la presencia y el poderío de acción de Rusia, en los territorios fronterizos que considera como zona de vital interés.
Occidente no debe olvidar o menospreciar el hecho que Rusia históricamente ha sido un país con alma de potencia que se ha caracterizado por la consolidación de áreas de influencia tanto a nivel mundial como en las zonas colindantes a sus fronteras. La caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría debilitaron al país y lo dejaron con fuertes problemas estructurales internos, que lo condujeron a atenuar su protagonismo internacional para concentrarse en la reconstrucción nacional para recomponer su poderío como potencia.
Sin embargo, a dos décadas de la desintegración de la URSS, Rusia ha logrado un fortalecimiento gradual de su economía sobre la base de la industria energética y ha desarrollado una intensa agenda política internacional al participar activamente en crisis mundiales (como las de la primavera árabe y Siria), y al celebrar convenios políticos, económicos y militares regionales especialmente en América Latina y Asia. Así mismo, en las últimas décadas ha incrementado su gasto militar ruso, diferenciándose de la tendencia reduccionista de los países occidentales.
Estos elementos recuerdan que nunca se debe subvalorar a una potencia en crisis, en decadencia o casi derrotada, pues siempre existe la posibilidad de que sea un actor latente, el cual con los estímulos necesarios o en determinadas condiciones, de alguna forma u otra intente regresar a ejercer el poder o la influencia de tiempos pasados. Los rusos nunca se fueron, estaban sencillamente en rehabilitación.
Por otra parte, con la anexión rusa de Crimea, se infringieron importantes principios del Derecho Internacional, tales como el principio de soberanía y el de no intervención en asuntos internos de los Estados. Estas violaciones se tradujeron en una cesión territorial inducida por fuerzas externas; la realización de un referéndum sin la aprobación del gobierno ucraniano; la presencia de tropas extranjeras en suelo nacional sin consentimiento del Estado; y la amenaza latente del uso de la fuerza por parte de un Tercer Estado, en este caso por Rusia.
De igual forma, se debe resaltar el singular hecho que se violó un acuerdo político post-URSS en el que Ucrania cedía su armamento nuclear bajo la condición de que se respetara su soberanía como Estado; pues, tras la caída del bloque soviético, Ucrania poseía el tercer arsenal de armas nucleares a nivel mundial, ya que en su territorio se encontraban alojadas cerca de 5000 bombas nucleares heredadas de la URSS. En 1994, los Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido y Ucrania firmaron el “Memorandum de Budapest sobre Garantías de Seguridad”, a través del cual Ucrania cedió dicho armamento y se adhirió al Tratado de No Proliferación Nuclear con la garantía, entre otras cosas, de que se respetara la soberanía y la independencia dentro sus fronteras, se abstuvieran de amenazar o usar de la fuerza en contra de Ucrania o de presionar económicamente para influenciar la política de la nación.
En los últimos años, con el desarrollo de una doctrina de seguridad colectiva, los países occidentales habían disminuido el peso de su presencia en asuntos geopolíticos estratégicos, limitándose a reaccionar o a responder ante los imprevistos que pudiesen afectar de manera sustancial sus intereses.
La crisis de Ucrania ha sido un llamado de alerta para el hemisferio occidental, recordando que aún en un mundo multipolar como el de hoy, las áreas de influencias siguen siendo un elemento clave en la política exterior internacional. Históricamente, países de diferentes ideologías y sistemas han expandido sus esferas de influencia regional y global a través de variados mecanismos de cooperación y colaboración. Sin embargo, el problema surge cuando se opta por la coacción o el uso de la fuerza para alcanzar tales objetivos.
Por ello, a partir de las experiencias en Georgia y Ucrania, los miembros europeos colindantes con Rusia, sobre todo aquellos de origen eslavo que pertenecieron a la antigua URSS, piden el reforzamiento de los acuerdos suscritos con la Unión Europea y los Estados Unidos en materia económica y energética así como de seguridad y defensa; con el objetivo de evitar posibles futuros intentos de desestabilización de Rusia en la zona, como por ejemplo, recortes en el suministro de energía o agitación de enclaves con minorías étnicas rusas.
Por su parte, Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra han tenido que dejar la pasividad inicial para desempeñar un papel más activo ante la crisis. Los occidentales se han dado cuenta de los peligros que sucesos como los de Ucrania pueden tener en la estabilidad del continente, en su imagen como garantes de los compromisos de seguridad contraídos con sus aliados del Este y en el equilibrio mundial a la hora del manejo de futuras crisis. Como consecuencia de esto, la OTAN ha incrementado su presencia en la región báltica, se han aplicado diversas sanciones económicas a Rusia y se ha ofrecido ayuda a Ucrania para restablecer su economía.
El conflicto en Ucrania es un conflicto que ha desempolvado viejos temores de la época de la Guerra Fría y que retumba en la entrañas de la comunidad internacional. Los países democráticos han tenido que reforzar su papel como líderes mundiales para evitar que las políticas expansionistas de potencias latentes como Rusia y China comprometan el orden mundial y el respeto del derecho internacional. Sin embargo, queda todavía por ver que ocurrirá a medida que el invierno arrecie, y sea mayor para la Unión Europea la necesidad de un suministro energético estable desde Rusia o el efecto de las sanciones comiencen a calar en las economías de ambos bandos.