El día en el que “Make America Great Again” le ganó a “Stronger Together”.

Después de meses de intensa contienda electoral, los ciudadanos votaron y los Estados Unidos tienen un nuevo Presidente: Donald Trump.

Para sorpresa de la comunidad intelectual, artística, los medios de comunicación, analistas políticos y en especial de las empresas encuestadoras, el magnate outsider ganó con amplio margen en el Colegio Electoral (Trump 306 votos, Clinton 232 votos).

Tras ochos años de la administración Obama, el Partido Demócrata no sólo ha perdido la Casa Blanca,  sino también la Cámara de Representantes y el Senado; consolidando así la mayoría del Partido Republicano en el sistema político norteamericano (251 representantes y 51 senadores) y la posibilidad de poder elegir al noveno juez de la Corte Suprema de Justicia que les daría también una mayoría en este poder.

Se podría decir que el 8 de noviembre la idea de “Make America Great Again” le ganó a “Stronger Together”; y que la posibilidad de tener una mujer en la Presidencia se aplazará mínimo cuatro años más.

Esto se debe, en primera lugar, a que la campaña de Trump supo canalizar el descontento de la población rural y obrera, en especial blanca, del interior del país y de las periferias de las grandes ciudades. Un segmento que se ha sentido olvidado por el Estado y que ha experimentado una reducción considerable de su bienestar y prosperidad a causa de la crisis económica, la pérdida de empleos y el cierre o reubicación de fábricas.  A este grupo Trump les transmitió la promesa (de forma algo abstracta, sin un plan o programa concreto por el momento) del retorno a tiempos mejores de recuperación de empleos, bienestar social y bonanza económica.

Asimismo, con su lema “Make America Great Again,” el candidato republicano logró crear un lazo con aquella parte del electorado que ha percibido un cierto declive de Estados Unidos a nivel internacional en comparación con países como Rusia, China e Irán;  y creen que Trump les dará la posibilidad de recuperar el sueño americano y  el papel  de Estados Unidos como potencia hegemónica de obligatoria referencia en el ámbito internacional.

Por otra parte, supo aprovechar el sentimiento anti-inmigrante que está latente, en especial en las zonas rurales con población blanca de los Estados Unidos, a causa de una asociación de los problemas de seguridad nacional, violencia, narcotráfico y pérdidas de empleo hacia grupos como la comunidad  latina y la musulmana; exacerbando durante su campaña sentimientos xenofóbicos y nacionalistas, así como la demonización del problema de los inmigrantes ilegales. Con esos elementos, Trump no sólo supo canalizar el voto blanco sino que además logró hacer que el peso electoral de este segmento neutralizara la importancia del voto de las minorías.

Por último, además de lo mencionado anteriormente, el triunfo de Trump fue muy favorecido por tres elementos fundamentales:  el alto porcentaje de abstencionismo; el hecho de que el peso del voto de las minorías latinas y afroamericanas no fue suficiente para contrarrestar el impacto del voto blanco y nuevamente no se manifestó en las proporciones que se esperaban; y por último, la permanencia de un sistema electoral basado en una representación a través de votos de un colegio electoral, ya que el candidato republicano ganó el colegio electoral pero perdió el voto popular (Clinton: 60,467,245 votos y Trump: 60,071,650 votos) por una diferencia de 395,595 votos.

Al parecer el anhelo por una América próspera, fuerte e imponente primó sobre la aspiración por una América más culturalmente diversa, interrelacionada, tolerante y unida.

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