El Este de Europa continúa sacudiéndose. En esta ocasión, las tensiones se agudizan en la región fronteriza con Rusia. El desarrollo de la Crisis en Ucrania, la anexión rusa de Crimea, el apoyo ruso a los separatistas pro rusos en Donetsk e Luhansk, y la tardía reacción de Occidente han acentuado los viejos temores en los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y Polonia, sobre posibles incursiones rusas o futuros intentos de desestabilización, de intimidación, expansión y hasta anexión en aquellos poblados o zonas con notable presencia de minorías rusas.
Actualmente, estas naciones del Báltico son miembros de la Unión Europea y de la OTAN, pero en su pasado estuvieron como satélites de la órbita soviética; por lo que siempre en ellos ha subsistido una preocupación latente de que Rusia continúe considerándolas como parte de su esfera “natural” de influencia o parte de un posible nuevo imperio ruso.
De hecho, las experiencias resultado del pasado compartido con Rusia y la incorporación de los países bálticos a la OTAN, propiciaron que en el período 2005-2014 esta región priorizara el incremento de sus gastos en defensa en un 98%. Por ello, en el contexto del conflicto ucraniano y ante el temor que intentos de desestabilización por parte de Rusia pudieran conducir a una Guerra híbrida, estudios realizados por el SIPRI señalan que, en 2013-2014 la región incrementó su gasto en defensa en 8.4%, contrastando con la tendencia reduccionista del resto del continente europeo. De igual forma, la estimaciones oficiales denotan para Europa del Este un considerable aumento en sus respectivos presupuestos de defensa durante el 2015: Lituania 50%, Polonia 19%, Letonia14.9% y Estonia 7.4%.
Aunado al fortalecimiento de sus sistemas de d
efensa, los países bálticos y Polonia llevan meses solicitando un mayor apoyo logístico y militar por parte de la OTAN, así como el establecimiento de una misión permanente de la organización en la región que lance al menos un mensaje disuasorio a las aspiraciones expansionistas o intervencionistas rusas.
Por su parte, la alianza ha ofrecido vigilancia aérea, presencia naval y la creación de una brigada de respuesta rápida en la zona que estará activa en 2016, pero se ha mostrado cautelosa en hacer declaraciones que impliquen una presencia permanente en la zona, lo cual se debe en parte a que la OTAN es un organismo que responde no sólo a cuestiones de seguridad sino que está sujeto a fuertes juegos de equilibrios y de intereses de sus estados miembros, y por la envergadura de un incremento de las tensiones o posible confrontación con una potencia con capacidad nuclear como Rusia.
De hecho, el apoyo al llamado de asistencia a los países bálticos constituye un elemento muy delicado, pues se trata de respaldar y acudir a la defensa de sus aliados en la frontera con Rusia, y con ello enviar un mensaje de solidez y unidad al resto de la organización. Sin embargo, también existe el temor a las profundas repercusiones que esto podría tener en la relaciones con Rusia y en la estabilidad del orden mundial; pues en anteriores ocasiones, el gobierno ruso ha declarado que dicha presencia sería considerada como una amenaza a la seguridad rusa, por lo que inclusive podría inducir a una respuesta bélica de su parte con incalculables consecuencias para la paz en la región y el mundo.
Incluso dentro de la OTAN existen divisiones referentes al modelo a proseguir. Alemania y Francia han liderado al bloque de la Unión Europea hacia una política de distención y disuasión basada en mecanismos diplomáticos y de retorsión como las sanciones económicas; mientras que otros países, si bien pertenecen política y militarmente a la UE y a la OTAN, se muestran renuentes a posturas más firmes, debido a la considerable dependencia económica y energética que tienen con Rusia como son los casos de talia, España,etc.

Por su parte, la política exterior de la Administración Obama se ha caracterizado por priorizar el multilateralismo y el sistema de alianzas colectivas como herramientas para abordar las actuales crisis regionales e internacionales. Sin embargo, el desarrollo de la crisis en Ucrania, las continuas solicitudes de apoyo de sus aliados bálticos, la posibilidad de que Rusia llegase a instalar misiles nucleares en Crimea, y el peligro de inestabilidad en las fronteras de la OTAN han impulsado al gobierno de los Estados Unidos a anunciar recientemente planes para el envío de armamento pesado y de personal a bases militares en el Este de Europa (países Bálticos, Polonia, Rumania, Bulgaria y tal vez Hungría) para agilizar y hacer más fluida una posible respuesta de la OTAN, incluida con participación directa de fuerzas norteamericanas, en caso de una invasión o incursión rusa en la zona.
Varios analistas consideran que ésta es una maniobra “atrevida” pues los americanos e indirectamente la OTAN se están posicionando en la antigua esfera de influencia soviética. Sin embargo, también se trata de una cuestión de honorar los compromisos esenciales de dicha organización de brindar apoyo visible a sus aliados y de reafirmar el papel de los Estados Unidos como muro de contención a las tendencias expansionistas rusas. De igual forma, se podría interpretar como una señal de atención para recalcar a Rusia que actos de hostilidad hacia esos países (que a diferencia de Ucrania sí son parte de la OTAN), serían también considerados como actos de hostilidad hacia la OTAN.
La reacción del gobierno ruso ante las declaraciones de la administración estadounidense ha sido fuerte. Putin acaba de anunciar el reforzamiento de sus fronteras occidentales y un incremento en su arsenal nuclear; mencionando incluso la posibilidad de situar dichos misiles balísticos en la península de Crimea y en Kaliningrado (un enclave ruso entre Polonia y Lituania).
Con estas graves y amenazantes declaraciones, Putin le ha mostrado a Occidente el error estratégico de la pasividad ante el clamoroso incumplimiento por parte de Rusia del Memorando de Budapest de 1994 (el cual Rusia, Estados Unidos y Reino Unido se comprometieron a respetar la integridad territorial de Ucrania si esta entregaba sus armas nucleares) y de las ilusiones en torno a los Acuerdos Internaciona
les de Minsk (I y II), pues en la esencia de la anexión de Crimea no sólo estaba la expansión territorial de Rusia, sino crear las bases para un reacomodo geopolítico que le permitiera disponer de una efectiva base para el emplazamiento de armas nucleares en esa zona con la cual presionar y mantener preocupada a Europa Occidental y los EEUU; y en particular, a los ex miembros de la llamada Europa del Este
El Este de Europa está regresando a ser un fuerte centro de tensión geopolítica entre dos de las principales potencias mundiales; y podríamos estar cercanos a un peligroso y volátil punto de inflexión, en el que la soberanía de los Estados, el respeto al Derecho Internacional y la estabilidad geopolítica podrían ser nuevamente puestas a prueba.
Sin embargo, en esta ocasión los miembros de la OTAN tienen la difícil pero trascendente tarea de apoyar y reasegurar a sus aliados, a la vez que contener las aspiraciones expansionistas de un país que por su capacidad nuclear y pretensiones geopolíticas puede trastocar el orden mundial. La OTAN y la Unión Europea no tienen otra alternativa que lograr que el gobierno ruso cese sus intentos de coacción y desestabilización de estos países soberanos que están completamente integrados al orden internacional.