Cuba más cerca de su futuro y menos atada a su pasado.

Ayer a las 10:29 de la noche Fidel Castro comenzó a formar parte del pasado de Cuba. La biología, al igual que pasó con otros dictadores, fue su enemigo más implacable. El dictador cubano murió a los 90 años de edad y después de influir durante seis décadas en cada uno de los aspectos de la vida del pueblo cubano.

Su muerte tuvo como preámbulo una década de retiro (involuntario), en la que su presencia fue apagándose y delimitándose a esporádicas publicaciones en los periódicos del Gobierno  y a determinados encuentros con figuras internacionales;  manteniéndose así “presente” de forma indirecta en la vida política del país y de la comunidad internacional, mientras que su hermano garantizaban una nepotista continuidad del poder en el régimen.

La idea de que un día Fidel Castro moriría, de una forma u otra ha estado en el subconsciente del cubano; y todos, independientemente de las ideologías, siempre se han preguntado cómo sería el día en que fallecería; pues para millones de cubanos, la figura del dictador ha estado presente en nuestras vidas desde que nacimos.

Fidel Castro fue la máxima figura de un régimen que determinó no sólo la esfera pública cubana en áreas como la política, las relaciones exteriores, la seguridad, la educación y la salud; sino que además se inmiscuyó y condicionó los aspectos más íntimos y básicos del hogar cubano al tener potestad sobre la crianza de los hijos, el racionamiento de comida, el suministro de ropa, el uso de electrodomésticos, los derechos de vivienda y el contenido de la televisión, entre otros.

Es cierto que durante las primeras décadas de su mandato se desarrollaron significativos programas sociales para Cuba en los que se alfabetizó a gran parte de la población, se garantizó el acceso universal a la salud, se redujeron  los problemas de racismo, y la diferenciación de clases sociales, a la par que se realizaron numerosas labores humanitarias internacionales. Sin embargo, por otra parte, desde sus inicios fue un régimen autoritario y represivo, en el que se buscó extinguir cualquier intento de oposición y la pluralidad política en la isla.

Así mismo, su gobierno separó y polarizó a miles de familias cubanas; arraigo la desconfianza y la delación entre los ciudadanos;  violó derechos humanos; forzó al exilio a los disidentes; y llevó a miles de cubanos a morir en el mar en busca de la libertad. De igual, forma, sus decisiones en materia económica y la mala administración de la ayuda recibida del campo socialista conllevaron a la merma y a la decadencia de la economía nacional y por consecuencia  a la caída del nivel de vida de la población.

No obstante, habrá una parte de la comunidad cubana, en especial aquella residente en la isla que se identifica con la ideología del régimen o la acostumbrada a vivir bajo la tutela, dependencia y vigilancia del sistema, que lamentará su fallecimiento y sentirá una especie de vacío tras la pérdida del mesías “salvador”. Este grupo deberá aprender con el paso del tiempo que la fuerza de Cuba reside en su pueblo, en la solidez de instituciones democráticas y no en un hombre; ningún personaje político es indispensable en este mundo, pues todos los líderes son humanos y por lo tanto son pasajeros y reemplazables.

En cambio, para los cubanos que sufrieron la represión y persecución del régimen, el exilio, la separación de sus familias y de la tierra natal, la falta de las libertades esenciales del individuo y la intromisión del régimen en cada parte de la vida del ciudadano, la muerte de Fidel Castro tendrá una carga simbólica que en cierto modo los libera de la figura de un régimen autoritario que les ha causado tanto dolor y sufrimiento.

Este viernes, el mundo se fue a dormir con un dictador menos sobre sus espaldas y las nuevas generaciones de cubanos crecerán sin ver sus discursos, ni sentir sus arengas, su presencia y la influencia de su ideología. Hoy Cuba amaneció más cerca de su futuro y menos atada a su pasado.

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