Cuando hablamos de la llamada Guerra Civil en Siria, no podemos dejar de pensar en un violento y complejo conflicto que se adentra en su séptimo año de batallas; decimos complejo porque está marcado por la presencia de fuerzas antagónicas nacionales, regionales, internacionales que luchan con y en contra actores de diversa naturaleza tales como gobiernos, rebeldes, coaliciones, minorías religiosas y étnicas, grupos terroristas y grupos extremistas, entre otros.
Sin embargo, en días pasados el estatus de la guerra civil recibió una sacudida geopolítica. Esto debido a que la Administración de Donald Trump tomó la decisión de lanzar 59 misiles a una base área en Siria, en respuesta a un ataque químico que parece haber sido ordenado por el Gobierno Sirio hacia a la población civil de un territorio rebelde.
Aunque es considerada una acción mesurada en cuanto a su trascendencia militar en el conflicto en sí, debido a que el objetivo de la misión estuvo limitado a la base área siria de la cual parecen haber salido los aviones con los misiles con gas sarín que fueron utilizados contra la población; el ataque estadounidense ha enviado un mensaje claro de advertencia a las potencias regionales e internacionales involucradas en la denominada Guerra Civil.
En primer lugar, ha trazado una diferenciación con la política de Obama al dejar en claro que el uso de armas químicas contra civiles en un conflicto armado tendrá respuestas de magnitudes militares. Asimismo, ha servido de recordatorio para países con relaciones tensas como Irán y Corea del Norte acerca de la capacidad de movilización y de respuesta militar de los Estados Unidos. Por último, ha marcado un reajuste geopolítico con Rusia y China referente al peso de los Estados Unidos en la toma decisiones en conflictos de especial interés internacional.
Si bien desde las elecciones presidenciales Trump y su equipo han mostrado una tendencia favorable hacia el aislacionismo, parece que el contacto con las dinámicas de poder de las relaciones internacionales, las experiencias durante la Administración Obama y el deseo de proyectar una imagen más robusta de los Estados Unidos han generado un ligero cambio de rumbo en la política exterior de Donald Trump respecto al papel de los Estados Unidos en la arena internacional; destacando así una posible participación puntual en fenómenos de alto interés internacional cuyos desenlaces podrían tener consecuencias de particular relevancia para el interés nacional estadounidense y/o la estabilidad de regiones claves, dándole una nueva connotación a su lema Make America Great Again.